México no trabaja mucho: trabaja cansado
Salud mental, jornada laboral y el costo oculto de diseñar mal el trabajo
Durante años, muchas empresas mexicanas han confundido una cosa con otra: presencia con productividad, cansancio con compromiso y disponibilidad con eficiencia.
El trabajador que llega temprano, se queda tarde, contesta mensajes fuera de horario y todavía sonríe en la junta no necesariamente está siendo más productivo. Muchas veces sólo está aprendiendo a funcionar cansado.
Y ese es el problema.
La conversación sobre salud mental laboral suele presentarse como un tema de bienestar, como una conversación sobre felicidad en el trabajo o como una exigencia de las nuevas generaciones. Sin embargo, esa lectura se queda corta.
La salud mental laboral es, en realidad, una conversación sobre productividad, liderazgo, diseño organizacional, competitividad y riesgo empresarial.
La Organización Mundial de la Salud estima que la depresión y la ansiedad generan la pérdida de aproximadamente 12 mil millones de días laborales al año, con un costo global cercano a un billón de dólares en productividad.
No estamos hablando de emociones.
Estamos hablando de dinero.
En México, el tema adquiere una dimensión todavía más relevante. El Instituto Mexicano del Seguro Social ha señalado que aproximadamente el 75% de los trabajadores mexicanos presenta fatiga relacionada con el estrés laboral. Diversos estudios y reportes también apuntan a que siete de cada diez trabajadores presentan afectaciones en el sueño y en su capacidad de rendimiento.
Si esos números fueran financieros, estarían en el tablero de todos los consejos de administración.
Pero como se expresan en forma de cansancio, estrés o agotamiento, solemos tratarlos como si fueran problemas individuales.
No lo son.
Son síntomas organizacionales.
El estrés no es el enemigo
Existe una idea equivocada según la cual el objetivo debería ser eliminar el estrés.
Eso sería imposible.
Toda actividad humana relevante implica cierto grado de presión. Un juicio importante, una negociación compleja, una implementación tecnológica o una auditoría generan tensión porque importan.
El problema no es el estrés.
El problema es cuando el estrés deja de ser una respuesta temporal y se convierte en una condición permanente.
Cuando eso ocurre, el cuerpo comienza a operar en un estado constante de alerta. Aumentan los niveles de cortisol. Se altera el sueño. Se reduce la capacidad de concentración. Se deteriora la memoria. Disminuye la capacidad de tomar decisiones complejas. Se incrementa la irritabilidad. Y eventualmente aparecen problemas físicos que van desde trastornos gastrointestinales hasta hipertensión o enfermedades cardiovasculares.
La consecuencia es sencilla de entender.
Si una organización depende de personas para producir valor, y esas personas están funcionando por debajo de sus capacidades cognitivas, entonces la organización también está funcionando por debajo de sus capacidades.
No importa cuántas horas permanezcan sentadas frente a una computadora.
El costo más caro es el que no se ve
Las empresas suelen preocuparse por el ausentismo.
Es lógico. Si alguien falta, se nota.
El problema es que el verdadero costo suele esconderse en otro lugar.
Se llama presentismo.
El presentismo ocurre cuando una persona está físicamente presente, pero mentalmente disminuida por fatiga, estrés o agotamiento. Está en la oficina. Está en la junta. Está conectada. Pero no está funcionando igual.
Toma decisiones más lentas. Comete más errores. Tiene menos paciencia. Escucha menos. Piensa peor.
Y como sigue presente, la organización rara vez detecta el problema.
Es una de las fugas de productividad más importantes y menos visibles que existen.
La mayoría de las empresas mexicanas sigue midiendo asistencia, horarios y disponibilidad. Muy pocas miden claridad mental, energía operativa o capacidad real de ejecución.
Y sin embargo, son estas últimas variables las que determinan la calidad del trabajo.
La discusión equivocada sobre las 40 horas
La reforma para reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales abrió un debate necesario.
Pero en muchos casos se está discutiendo desde el lugar equivocado.
La conversación se ha centrado en el número de horas. La pregunta importante es otra.
¿Qué cantidad de vida absorbe realmente el trabajo?
Porque una jornada laboral no empieza cuando alguien registra su entrada. Empieza cuando se despierta. Cuando se prepara. Cuando sale de casa. Cuando atraviesa tráfico. Cuando espera transporte. Cuando llega.
Y termina mucho después de haber registrado su salida. Termina cuando logra regresar a casa, desconectarse y recuperarse.
El contrato mide horas de trabajo.
La realidad mide tiempo de vida.
Y entre ambas cosas existe una diferencia enorme.
El impuesto invisible llamado traslado
La Zona Metropolitana del Valle de México ofrece un ejemplo muy claro.
De acuerdo con datos del INEGI, los traslados al trabajo promedian alrededor de 57 minutos de ida y 45 minutos de regreso. Más de una hora y media diaria. Más de ocho horas semanales. Más de cuatrocientas horas al año.
Horas que no aparecen en la nómina. Horas que no aparecen en la jornada. Horas que tampoco aparecen en las estadísticas de productividad.
Sin embargo, forman parte de la experiencia laboral de millones de personas.
Por eso la discusión sobre las 40 horas no debería limitarse a una resta aritmética.
Si una jornada de 40 horas termina distribuida en seis días, el trabajador seguirá realizando seis ciclos completos de traslado, preparación y desgaste. Si esas mismas 40 horas se concentran en cinco días, desaparece un ciclo completo.
Un solo día menos de traslado a la semana puede representar alrededor de 102 horas recuperadas al año. Equivale a casi trece jornadas laborales completas.
Trece días recuperados. Trece días que pueden convertirse en descanso, convivencia, ejercicio, lectura, recuperación física o simplemente en algo extraordinariamente escaso en la vida moderna: tiempo.
México no tiene un problema de esfuerzo. Tiene un problema de diseño.
México se encuentra entre los países que más horas trabajan dentro de la OCDE. Sin embargo, eso no se traduce automáticamente en niveles equivalentes de productividad.
Ese dato debería incomodarnos más de lo que normalmente nos incomoda.
Porque implica que el problema no es que la gente trabaje poco. El problema es que muchas veces trabaja mal organizada.
Durante décadas hemos construido una cultura que admira al que aguanta. Al que se queda. Al que responde a cualquier hora. Al que nunca descansa.
Pero aguantar no es una estrategia empresarial.
Es una señal de que algo está absorbiendo más recursos humanos de los que debería.
Las organizaciones más eficientes del mundo no se distinguen por la cantidad de agotamiento que generan. Se distinguen por la cantidad de valor que producen con menos fricción.
La NOM-035 es el piso, no el techo
La NOM-035 representó un avance importante porque reconoció formalmente los factores de riesgo psicosocial dentro del entorno laboral mexicano.
Sin embargo, muchas empresas la han reducido a una actividad administrativa.
Se aplican cuestionarios. Se firman políticas. Se generan expedientes. Se archivan evidencias.
Y después todo sigue exactamente igual.
El estrés no disminuye porque exista un PDF. La fatiga no desaparece porque se llenó una encuesta. La salud mental no mejora porque una política se encuentre almacenada en una carpeta compartida.
La NOM-035 puede ser una herramienta extraordinaria si se utiliza para diagnosticar problemas reales de liderazgo, comunicación, cargas de trabajo y organización.
Pero cuando se utiliza únicamente para cumplir, termina convirtiéndose en una simulación de control.
Y las simulaciones rara vez resuelven problemas reales.
El liderazgo también es una variable de salud
En muchas organizaciones el mayor generador de estrés no es el trabajo.
Es la forma en que se administra.
Un mal líder puede convertir una semana exigente en una experiencia agotadora. Puede crear urgencias donde no existen. Puede volver ambiguo lo que debería ser claro. Puede generar ansiedad simplemente por no comunicar adecuadamente. Y puede destruir la capacidad operativa de un equipo sin darse cuenta.
Por eso cualquier conversación seria sobre salud mental laboral termina llegando al mismo lugar.
El liderazgo.
No porque los líderes deban convertirse en terapeutas. Sino porque son responsables de distribuir prioridades, asignar cargas, resolver conflictos y generar claridad.
La salud mental laboral no es solamente una cuestión de bienestar. También es una cuestión de gestión.
Durante décadas aprendimos a admirar a quien se quedaba más tiempo en la oficina, respondía correos a medianoche y parecía estar siempre disponible. Lo confundimos con compromiso. Después lo confundimos con liderazgo. Y eventualmente lo confundimos con productividad.
Pero los números empiezan a contar otra historia.
Un país donde tres de cada cuatro trabajadores reportan fatiga por estrés laboral no tiene un problema de actitud. Tiene un problema de diseño.
Una ciudad donde millones de personas pasan horas al día trasladándose no está discutiendo únicamente jornadas laborales. Está discutiendo tiempo de vida.
Y una empresa que necesita que sus colaboradores funcionen permanentemente cansados para alcanzar sus objetivos probablemente no ha encontrado una forma eficiente de operar.
La conversación sobre salud mental laboral suele presentarse como una discusión sobre bienestar. Creo que es una discusión sobre algo más profundo.
Es una discusión sobre cómo entendemos el trabajo.
Porque cada decisión organizacional —una reunión innecesaria, un reporte redundante, una cadena de autorizaciones absurda, una cultura de disponibilidad permanente, un traslado que pudo evitarse, una urgencia ficticia creada por mala planeación— consume algo que ninguna empresa puede reponer: tiempo de vida.
Por eso la verdadera pregunta detrás de la jornada de 40 horas, de la NOM-035 o de cualquier iniciativa relacionada con salud mental no es cuánto menos queremos trabajar.
La pregunta es cuánto tiempo estamos desperdiciando.
Y si somos honestos, probablemente descubramos que el problema nunca fue la falta de horas.
El problema fue todo lo que hicimos con ellas.